¿Qué puede decirse del 31 de diciembre, además de que es —sin discusión— el último día del año? Que es el día del apuro y de la ansiedad desbordada en las calles. El día de vestirse con las mejores galas o de reciclar el atuendo del verano pasado confiando en que nadie lo note. El día de la cuenta regresiva más estridente del calendario.
Es el día de los balances existenciales: de buscar un rincón de silencio en medio del ruido para someterse a un examen de conciencia exprés, quizá honesto, quizá tramposo, quizá indulgente. El día de quemar al muñeco imaginario de los errores imperdonables. El día de destapar otra botella de champán en honor a los triunfos inesperados.
El día de pedir perdón y de dar las gracias. El día de concederle una tregua a la rabia acumulada y de soltar, sin culpa, un poco de locura. El día de prometer lo posible y, sobre todo, lo imposible. El día de los abrazos largos, los besos fuera de libreto y las llamadas que llegan justo a tiempo. El día de las risas rotas y de los llantos sin pausa.
También es el día de los discursos grandilocuentes, pero —sobre todo— el día de susurrar palabras sinceras al oído de tu padre, tu madre, tus hermanos, tu pareja o tus hijos. El día para confesar un secreto, aunque sea por WhatsApp, y decir aquello que nunca te animaste. El día de los fuegos artificiales cada vez más escasos. El día más solitario para los perros que se quedan en casa.
Es el día más triste en los hospitales, el más gris en las cárceles, el más tenso en las estaciones de bomberos y el más tedioso en las redacciones. El día en que los capricornianos cumplen años sin que nadie repare demasiado en ello. El día de San Silvestre y de otros santos ilustres que pasan casi desapercibidos. El día en que el luto se lleva por dentro, bajo la piel y en silencio.
Es también el día para recordar a los amigos que se alejaron: aquellos con los que alguna vez brindaste por un primero de enero entre promesas exageradas y que, con los años, se perdieron para siempre o se transformaron en otros… quizá igual que tú. El día ideal para rodearte de los vivos y brindar con honestidad por los muertos.
El día de las cábalas, los rituales y las oraciones improvisadas. El día de las doce uvas bajo la mesa y de comer lentejas sin protestar. El único día en que usar ropa interior amarilla resulta razonable y en que nadie te mira raro si sales a dar vueltas a la manzana con una maleta llena de ganas de irte.
El día de las fiestas exclusivas, los campamentos lejanos, las cenas familiares y las juergas de barrio. El día en que los ricos despilfarran sin pudor y los pobres disimulan sin peso.
El día perfecto para creer que empieza otra etapa, otro ciclo, aunque sepamos —en el fondo— que el Año Nuevo no es más que una convención cultural, una ilusión sincronizada por husos horarios. El día del cotillón, la serpentina y el infame trencito al ritmo de salsa. El día más agotador para las orquestas y los DJ's.
El día de la música soberana, de bailar hasta el amanecer las canciones de moda, las clásicas, las eternas; esas que, aunque tengas cuarenta y tantos, te hacen sentir veinte por tres minutos. El día de celebrar el exceso y de conjurar la culpa. El día del borrón y cuenta nueva.
El día de aplaudir, zapatear y saltar creyendo —aunque sea por unas horas— que este mundo todavía vale la pena. El día de rendirle un homenaje silencioso a todas las personas que fuiste y de abrirle la puerta, con esperanza o con miedo, a las que serás.
Y, por último, el día —el bendito día— de alimentar la hermosa superstición de que podemos ser felices todos al mismo tiempo, aunque sea por una noche.
Que este Año Nuevo no llegue cargado de promesas imposibles ni de discursos motivacionales prefabricados. Que llegue, más bien, con ganas reales de seguir. Porque no se trata de empezar de cero, como si nada hubiera pasado, sino de no rendirse con lo que sí vale la pena: la familia, los vínculos, los afectos, uno mismo.
Feliz Año.