Hay fechas que uno espera por el feriado, por el descanso o por la oportunidad de viajar. Para mí, el 28 y 29 de julio siempre han significado algo distinto.
Cada vez que el Perú se viste de rojo y blanco, inevitablemente regreso a mi infancia. Basta con escuchar música criolla, ver una bandera flameando en un balcón, sentir el bullicio de una plaza o percibir ese ambiente tan particular que envuelve a las ciudades como Lima durante Fiestas Patrias para que los recuerdos aparezcan uno detrás de otro.
Durante mucho tiempo pensé que esa emoción nacía únicamente del orgullo de ser peruano. Pero hace poco entendí que había algo más profundo.
En realidad, las Fiestas Patrias siempre me han conmovido porque me devuelven a una persona.
Mi infancia.
Y, sobre todo, a mi papá.
De niño no entendía la magnitud de estas fechas. Solo sabía que eran días diferentes. Las calles se llenaban de banderas, las plazas cambiaban de color, la música criolla sonaba por todos lados y Lima adquiría un ambiente imposible de confundir con cualquier otra época del año. Hoy entiendo que no era únicamente el país el que celebraba; también era el escenario donde, sin que yo lo supiera, se estaban construyendo algunos de los recuerdos más valiosos de mi vida.
Con el tiempo me di cuenta de algo curioso. Hoy ya no siento la misma ilusión por asistir a la Parada Militar como cuando era niño.
Y creo que la razón es muy simple: lo que realmente me emocionaba no era el desfile en sí, sino vivirlo junto a mi papá.
Aun así, recuerdo con enorme cariño aquellos 29 de julio en la avenida Brasil. Hacíamos el intento de llegar temprano para conseguir un buen lugar. Algunas veces lo lográbamos y terminábamos en los palcos; otras, simplemente encontrábamos cualquier espacio desde donde pudiéramos ver el desfile.
Esperábamos con emoción el paso de los tanques, los vehículos militares, las unidades especiales y los comandos marchando con una precisión admirable. Pero había un momento que disfrutábamos especialmente: la banda conjunta de las Fuerzas Armadas. Nos fascinaban las marchas militares. A él le encantaban los instrumentos de viento. Podía quedarse escuchando un saxofón, un clarinete o una flauta traversa con la misma atención con la que otros observaban un desfile completo. Y como admiraba la belleza de los caballos, era un amante nato de majestuosos animales.
Con los años llegué a pensar que quizá llevaba dentro un sueño que nunca pudo cumplir. Más de una vez me habló de lo mucho que le habría gustado pertenecer a la Marina o a la Fuerza Aérea. Tal vez por eso alguna vez quiso enviarme a un colegio militar. Nunca ocurrió, pero hoy entiendo que detrás de esa idea había admiración por la disciplina, el servicio y el amor al país.
Como toda buena tradición familiar, el día casi siempre terminaba alrededor de una mesa. Íbamos a comer un chifa —aunque no sea un plato nacido íntegramente en el Perú— y un suspiro a la limeña, ambos forman parte de la identidad limeña y, para mí, de esos recuerdos inseparables de Fiestas Patrias. Lo que sí recuerdo es la sensación de haber vivido un gran día.
También estaban las caminatas por la Plaza San Martín, la Plaza Dos de Mayo, la Plaza Mayor, Palacio de Gobierno, el Congreso, el jirón de la Unión... lugares que hoy cualquiera puede visitar, pero que para mí guardan un significado distinto porque allí quedaron muchas fotografías de mi infancia. Cada imagen parece decirme que hubo un tiempo en el que recorrer Lima era suficiente para sentir que el día había valido la pena.
Él disfrutaba llevarme a todos lados, el Museo del Congreso, el Museo Larco, el Parque de las Leyendas... eran visitas frecuentes durante las vacaciones de Fiestas Patrias. Tal vez entonces no entendía todo lo que veía, pero sí aprendía que conocer la historia del Perú era otra forma de quererlo.
Siempre repetía una frase que con los años terminó convirtiéndose en una convicción propia: primero hay que conocer el Perú. Mi mamá comparte esa misma idea, compartían ese amor conjunto. Gracias a ellos recorrí ciudades, pueblos y hasta pequeños rincones que muchas veces pasan desapercibidos para la mayoría. Hoy entiendo que viajar nunca fue solamente cambiar de paisaje; era aprender a valorar el país al que pertenecemos.
También están los atardeceres en el malecón Cisneros, las caminatas junto al faro de la Marina, los paseos en bicicleta por Barranco y Miraflores, las fotografías mirando el mar, las funciones en el Teatro Municipal, el Teatro Peruano Japonés, las visitas al Club Nacional, las noches en la Plaza Mayor y los recorridos por las calles del Centro Histórico. Son escenas aparentemente comunes, pero que con el tiempo adquirieron un valor inmenso.
Cada 28, después del Mensaje a la Nación venía otro ritual que solo ahora logro apreciar. Mi papá compraba tres periódicos. El primero era El Comercio (diario "serio"), porque consideraba que ofrecía un análisis serio de los anuncios presidenciales, del nuevo gabinete y de la situación política del país. También compraba La Razón (diario "de izquierda"), porque le gustaba leer opiniones distintas a las suyas. Decía que para entender un tema había que conocer también cómo pensaba quien estaba al otro lado. Y el tercero era El Ojo (diario "chicha/prensa amarilla"), este lo compraba simplemente porque se divertía con los titulares, con el ingenio de sus frases y con la manera tan particular de contar las noticias.
Sin saberlo, allí me dejó otra enseñanza. Aprendí que no todos pensamos igual, que existen diferentes maneras de interpretar una misma realidad y que escuchar opiniones distintas no nos hace cambiar de convicciones; por el contrario, nos ayuda a comprender mejor el mundo y el Perú que tiene tantas identidades.
Cuando terminaba de leer los periódicos aparecía otro de sus pasatiempos favoritos: los sudokus y los crucigramas. Este ultimo podía pasar más de una hora resolviéndolos con un diccionario al lado, completamente concentrado, participando incluso en los sorteos que organizaban algunos diarios. Era una escena tan cotidiana que hoy me basta con ver un crucigrama para pensar inmediatamente en él.
Recuerdo también una conversación que de niño me parecía curiosa. Él soñaba con que algún día una calle, una avenida o un jirón llevara nuestro apellido. Luego sonreía y decía que eso era difícil, porque nadie de la familia había hecho algo extraordinario o había entregado su vida por la patria como para merecer semejante reconocimiento. De niño solo me causaba gracia; de adulto comprendo que, en el fondo, admiraba profundamente a quienes dedicaron su vida al Perú.
Quizá lo que más me conmueve es darme cuenta de que muchos de esos momentos ocurrieron cuando yo era apenas un niño. La adolescencia llegó con otros ritmos y ya no compartimos tantas salidas como antes. Sin embargo, esas primeras experiencias quedaron tan bien grabadas que siguen apareciendo cada vez que el calendario marca un nuevo 28 y 29 de julio.
Es recién ahora, de adulto, que entiendo por qué estas fechas me mueven tanto. No es únicamente por el Perú.
Es porque el Perú fue la manera en que conocí a mi papá.
Hoy viajo mucho más que antes. Y cada viaje trae consigo un recuerdo suyo. Tengo la fortuna de poder decir que, en casi cada ciudad que conozco, existe una historia que compartimos alguna vez. Incluso en los pueblos más pequeños o en los rincones más alejados encuentro algo que me hace pensar en él.
Ahora me toca seguir construyendo recuerdos en lugares nuevos. Esta vez camino solo, con la inevitable ausencia de mi papá, pero con la inmensa satisfacción de saberme peruano. Porque el orgullo, la identidad y el profundo cariño que siento por este país fueron sembrados por él, quizá sin proponérselo y, desde luego, sin que yo fuera consciente de ello mientras crecía.
Pensar en las Fiestas Patrias ya no es solamente pensar en el Perú. Es volver a caminar por las calles de Lima tomado de la mano de mi papá, escuchar nuevamente una banda militar, recorrer una plaza, entrar a un museo, sentarme frente al mar mientras cae la tarde o perderme entre las páginas de un periódico buscando comprender un poco mejor el país.
Porque, al final, el Perú también tiene un rostro para mí.