Mientras escribo estas líneas, mi tía Elizabeth —la última hermana de mi madre— se encuentra a punto de abordar un avión rumbo al aeropuerto Charles de Gaulle. Esta es una carta abierta para la mujer que, desde mis recuerdos de infancia, estuvo siempre presente como una segunda madre.
Para mí, la mejor forma de
expresar lo que siento es a través de la escritura. Y aquí estoy, tratando de
soltar la tristeza que deja tu ausencia, pero también dando paso a la gratitud:
parte de quien soy se ha forjado gracias a ti, a tu amor, a tu ejemplo.
Leo ahora el grupo familiar de
WhatsApp, que desde muy temprano está más activo que nunca. Todo empezó con un
video grabado por ti desde el avión, con el imponente Misti iluminado por el
amanecer de fondo. Una vista majestuosa que pronto será reemplazada por la
silueta de la Torre Eiffel.
Así, entre despedidas, comenzaron
a llegar los mensajes de tus hermanos, sobrinos y demás familiares. La vida, el
destino, el universo —o Dios mismo— no te permitió ser madre biológica, pero eres
madre para muchos de nosotros. Y ahora hablo por mí: siempre estaré agradecido
por el cuidado que me brindaste. Como te dije hace unos días, mucho de lo que
soy hoy se lo debo a tu dulzura, esa que marcó mi niñez y dejó huella en mi
vida.
Recuerdo con nitidez aquellas
tardes después del colegio, cuando me quedaba en tu casa hasta que mis hermanas
volvían de estudiar o mi mamá llegaba tarde del trabajo. Fue en esas tardes que
conocí a Chayanne, Myriam Hernández, Luis Miguel, Guillermo Dávila, Juan
Gabriel, Alejandro Sanz… todos sonaban por Ritmo Romántica, tu estación
favorita. Escucharte cantar era un privilegio; siempre he creído que tienes una
voz cándida. Y no te importaba lo que pensaran los demás. Quizá por eso aprendí
desde niño a no avergonzarme de ser quien soy. Tú y mi mamá me enseñaron a no
tener miedo al qué dirán, cada una a su manera.
Siempre te agradeceré por
habernos acogido en tu hogar cuando mi papá lo perdió todo. Nos diste no solo
un techo, sino también cuidado, cariño, y un sostén emocional invaluable para
mi madre. Recuerdo cómo te enfrentaste incluso a tu entonces esposo cuando él
exigía que yo comiera toda la ensalada rusa —o cualquier ensalada— y yo, entre
el miedo y la desazón, simplemente no podía. Hoy sé que aquello era más que un
capricho infantil: era un trauma. Pero también sé que se puede sanar. Hoy puedo
comer cualquier ensalada sin problema, y eso es un logro de adulto para mi niño
interior, un acto de reparación. En terapia descubrí que uno de los pilares de
esa sanación fue recordar quién me defendía cuando yo decía “no”. Y una de esas
personas fuiste tú.
Me enseñaste que está bien decir
que no. Que nadie debería invalidar nuestra negativa. Eso me marcó
profundamente. Gracias por esa enseñanza y por tantas otras que me regalaste en
silencio. Algún día, en una carta cerrada, te lo detallaré todo.
Tu presencia está en muchos de
los momentos clave de mi vida. Lo comprobé hace poco, revisando mi álbum de
fotos: estás en mi bautizo como madrina, en mi primera comunión, cuando estuve
hospitalizado, cuando obtuve mi título profesional… En todos esos hitos
importantes, siempre estás tú. Y no es solo por estar: es porque estuviste
desde el amor. Por eso te considero como mi madre.
Cómo no agradecerte también por
tu presencia en los últimos años de vida de mi papá, por tus conversaciones con
él, por las visitas, por el cuidado y la información que siempre compartías. Y
claro, por tu compañía constante durante cada cirugía o tratamiento de mi mamá,
por tus visitas a casa y por tu apoyo incondicional. Me quedo corto al intentar
mencionarlo todo.
Hoy, al escribir esto, me doy
cuenta de cuánto te extrañaremos. Tu aporte a esta familia ha sido inmenso, y
no puede medirse porque trasciende las palabras. Está en cada mensaje que
recibes hoy, en cada recuerdo compartido. Siempre diste sin esperar nada a
cambio, y eso te hace única.
Gracias por tu energía luminosa,
por la alegría que nos regalaste, por las conversaciones profundas sobre salud
mental, espiritualidad, gratitud. Extrañaré esas charlas inesperadas sobre
Marian Rojas Estapé, Mario Alonso Puig y tantos temas que solo tú sabías
abordar con tanta pasión. Ya encontraré la forma de hacerte llegar sus libros
en francés, para que sigas practicando ese nuevo idioma que ahora será parte de
tu vida.
Te confieso que las dos plantas
que me regalaste no sobrevivieron… o, mejor dicho, yo no supe cuidarlas. Pero
aprendí, y hoy tengo cinco. Algunas requieren cuidados especiales, y gracias a
ti he descubierto el placer de la jardinería. Me enseñaste que las plantas
también sienten, también responden a la energía que les damos. Gracias por eso.
Como te dije, admiro
profundamente tu fuerza de voluntad. Escuché muchas veces que “nunca es tarde”,
pero no lo había vivido tan de cerca hasta que te vi organizando todo para
cumplir tu sueño. A tus 55 años, te vas a vivir a Francia, a la región parisina.
Y eso merece una ovación. A tu regreso, serás una turista en Perú. Qué
maravilla.
París es la ciudad del amor.
Ojalá encuentres allí una compañía que te haga los días más llevaderos, más
alegres. No por necesidad, sino por elección. Porque el amor no es una
carencia, sino un deseo. Y es precisamente eso lo que lo hace tan bello.
Te admiro por haber cerrado un
capítulo matrimonial de treinta años con tanta firmeza y sabiduría. Que la vida
vuelva a sonreírte, si eso deseas. Y si no, también está bien: porque has
demostrado que el amor más fuerte es el que se tiene por uno mismo.
Hoy solo puedo darte las gracias.
Por todo. Me despido con el corazón lleno de amor, orgullo y gratitud. Sé que
la vida nos volverá a reunir. Te quiero mucho.
À bientôt, ma chère tante.
Avec tout mon amour.
Jorge Luis Zaferson Sarabia