miércoles, 29 de julio de 2026

El Perú tiene un rostro para mí

Hay fechas que uno espera por el feriado, por el descanso o por la oportunidad de viajar. Para mí, el 28 y 29 de julio siempre han significado algo distinto.

Cada vez que el Perú se viste de rojo y blanco, inevitablemente regreso a mi infancia. Basta con escuchar música criolla, ver una bandera flameando en un balcón, sentir el bullicio de una plaza o percibir ese ambiente tan particular que envuelve a las ciudades como Lima durante Fiestas Patrias para que los recuerdos aparezcan uno detrás de otro.

Durante mucho tiempo pensé que esa emoción nacía únicamente del orgullo de ser peruano. Pero hace poco entendí que había algo más profundo.

En realidad, las Fiestas Patrias siempre me han conmovido porque me devuelven a una persona.

Mi infancia.

Y, sobre todo, a mi papá.

De niño no entendía la magnitud de estas fechas. Solo sabía que eran días diferentes. Las calles se llenaban de banderas, las plazas cambiaban de color, la música criolla sonaba por todos lados y Lima adquiría un ambiente imposible de confundir con cualquier otra época del año. Hoy entiendo que no era únicamente el país el que celebraba; también era el escenario donde, sin que yo lo supiera, se estaban construyendo algunos de los recuerdos más valiosos de mi vida.

Con el tiempo me di cuenta de algo curioso. Hoy ya no siento la misma ilusión por asistir a la Parada Militar como cuando era niño.

Y creo que la razón es muy simple: lo que realmente me emocionaba no era el desfile en sí, sino vivirlo junto a mi papá.

Aun así, recuerdo con enorme cariño aquellos 29 de julio en la avenida Brasil. Hacíamos el intento de llegar temprano para conseguir un buen lugar. Algunas veces lo lográbamos y terminábamos en los palcos; otras, simplemente encontrábamos cualquier espacio desde donde pudiéramos ver el desfile.

Esperábamos con emoción el paso de los tanques, los vehículos militares, las unidades especiales y los comandos marchando con una precisión admirable. Pero había un momento que disfrutábamos especialmente: la banda conjunta de las Fuerzas Armadas. Nos fascinaban las marchas militares. A él le encantaban los instrumentos de viento. Podía quedarse escuchando un saxofón, un clarinete o una flauta traversa con la misma atención con la que otros observaban un desfile completo. Y como admiraba la belleza de los caballos, era un amante nato de majestuosos animales.

Con los años llegué a pensar que quizá llevaba dentro un sueño que nunca pudo cumplir. Más de una vez me habló de lo mucho que le habría gustado pertenecer a la Marina o a la Fuerza Aérea. Tal vez por eso alguna vez quiso enviarme a un colegio militar. Nunca ocurrió, pero hoy entiendo que detrás de esa idea había admiración por la disciplina, el servicio y el amor al país.

Como toda buena tradición familiar, el día casi siempre terminaba alrededor de una mesa. Íbamos a comer un chifa —aunque no sea un plato nacido íntegramente en el Perú— y un suspiro a la limeña, ambos forman parte de la identidad limeña y, para mí, de esos recuerdos inseparables de Fiestas Patrias. Lo que sí recuerdo es la sensación de haber vivido un gran día.

También estaban las caminatas por la Plaza San Martín, la Plaza Dos de Mayo, la Plaza Mayor, Palacio de Gobierno, el Congreso, el jirón de la Unión... lugares que hoy cualquiera puede visitar, pero que para mí guardan un significado distinto porque allí quedaron muchas fotografías de mi infancia. Cada imagen parece decirme que hubo un tiempo en el que recorrer Lima era suficiente para sentir que el día había valido la pena.

Él disfrutaba llevarme a todos lados, el Museo del Congreso, el Museo Larco, el Parque de las Leyendas... eran visitas frecuentes durante las vacaciones de Fiestas Patrias. Tal vez entonces no entendía todo lo que veía, pero sí aprendía que conocer la historia del Perú era otra forma de quererlo.

Siempre repetía una frase que con los años terminó convirtiéndose en una convicción propia: primero hay que conocer el Perú. Mi mamá comparte esa misma idea, compartían ese amor conjunto. Gracias a ellos recorrí ciudades, pueblos y hasta pequeños rincones que muchas veces pasan desapercibidos para la mayoría. Hoy entiendo que viajar nunca fue solamente cambiar de paisaje; era aprender a valorar el país al que pertenecemos.

También están los atardeceres en el malecón Cisneros, las caminatas junto al faro de la Marina, los paseos en bicicleta por Barranco y Miraflores, las fotografías mirando el mar, las funciones en el Teatro Municipal, el Teatro Peruano Japonés, las visitas al Club Nacional, las noches en la Plaza Mayor y los recorridos por las calles del Centro Histórico. Son escenas aparentemente comunes, pero que con el tiempo adquirieron un valor inmenso.

Cada 28, después del Mensaje a la Nación venía otro ritual que solo ahora logro apreciar. Mi papá compraba tres periódicos. El primero era El Comercio (diario "serio"), porque consideraba que ofrecía un análisis serio de los anuncios presidenciales, del nuevo gabinete y de la situación política del país. También compraba La Razón (diario "de izquierda"), porque le gustaba leer opiniones distintas a las suyas. Decía que para entender un tema había que conocer también cómo pensaba quien estaba al otro lado. Y el tercero era El Ojo (diario "chicha/prensa amarilla"), este lo compraba simplemente porque se divertía con los titulares, con el ingenio de sus frases y con la manera tan particular de contar las noticias.

Sin saberlo, allí me dejó otra enseñanza. Aprendí que no todos pensamos igual, que existen diferentes maneras de interpretar una misma realidad y que escuchar opiniones distintas no nos hace cambiar de convicciones; por el contrario, nos ayuda a comprender mejor el mundo y el Perú que tiene tantas identidades.

Cuando terminaba de leer los periódicos aparecía otro de sus pasatiempos favoritos: los sudokus y  los crucigramas. Este ultimo podía pasar más de una hora resolviéndolos con un diccionario al lado, completamente concentrado, participando incluso en los sorteos que organizaban algunos diarios. Era una escena tan cotidiana que hoy me basta con ver un crucigrama para pensar inmediatamente en él.

Recuerdo también una conversación que de niño me parecía curiosa. Él soñaba con que algún día una calle, una avenida o un jirón llevara nuestro apellido. Luego sonreía y decía que eso era difícil, porque nadie de la familia había hecho algo extraordinario o había entregado su vida por la patria como para merecer semejante reconocimiento. De niño solo me causaba gracia; de adulto comprendo que, en el fondo, admiraba profundamente a quienes dedicaron su vida al Perú.

Quizá lo que más me conmueve es darme cuenta de que muchos de esos momentos ocurrieron cuando yo era apenas un niño. La adolescencia llegó con otros ritmos y ya no compartimos tantas salidas como antes. Sin embargo, esas primeras experiencias quedaron tan bien grabadas que siguen apareciendo cada vez que el calendario marca un nuevo 28 y 29 de julio.

Es recién ahora, de adulto, que entiendo por qué estas fechas me mueven tanto. No es únicamente por el Perú.

Es porque el Perú fue la manera en que conocí a mi papá.

Hoy viajo mucho más que antes. Y cada viaje trae consigo un recuerdo suyo. Tengo la fortuna de poder decir que, en casi cada ciudad que conozco, existe una historia que compartimos alguna vez. Incluso en los pueblos más pequeños o en los rincones más alejados encuentro algo que me hace pensar en él.

Ahora me toca seguir construyendo recuerdos en lugares nuevos. Esta vez camino solo, con la inevitable ausencia de mi papá, pero con la inmensa satisfacción de saberme peruano. Porque el orgullo, la identidad y el profundo cariño que siento por este país fueron sembrados por él, quizá sin proponérselo y, desde luego, sin que yo fuera consciente de ello mientras crecía.

Pensar en las Fiestas Patrias ya no es solamente pensar en el Perú. Es volver a caminar por las calles de Lima tomado de la mano de mi papá, escuchar nuevamente una banda militar, recorrer una plaza, entrar a un museo, sentarme frente al mar mientras cae la tarde o perderme entre las páginas de un periódico buscando comprender un poco mejor el país.

Porque, al final, el Perú también tiene un rostro para mí.

domingo, 10 de mayo de 2026

A mi madre

 Es una pequeña historia sobre mi más grande superhéroe.

Desde pequeño entendí que tú valías la pena en todas tus formas: como madre, amiga, mentora, reina y refugio. Definitivamente no podía pasar por esta vida sin haber sido educado por ti, mamá… mamita hermosa, abuelita, viejita, lady Tere.

Te he llamado de mil maneras, pero ninguna alcanza para definir lo que eres para mí. Llamarte madre te queda corto. Decirte amiga se queda pequeño. Decirte hermosa no basta. Porque mirarte, mamá, es mirar a un ángel.

Hoy quiero darte las gracias, aunque sé perfectamente que responderás:
“Jorge, esa era mi responsabilidad como madre”.

Y yo te digo que no.
Porque nadie estaba obligado a amar como tú amaste.

Gracias por cargarme nueve meses en tu vientre.
Gracias por las noches sin dormir.
Gracias por las veces que sonreíste aun estando cansada, enferma o preocupada.

Me leíste cientos de veces mi cuento favorito.
Me preparaste miles de desayunos.
Me enseñaste a amarrarme los zapatos, a limpiarme los mocos y también a levantarme después de caer.

Me enseñaste que un puño no es para golpear, sino para sostener fuerte aquello que amas.
Me enseñaste a rugir, pero también cuándo guardar silencio.
Me enseñaste que la vista no sirve sin visión.
Que el amor no es solo sentimiento, sino decisión.
Que la paz vale más que el dinero.
Que primero se ensancha el espíritu antes que la cartera.

Me enseñaste gratitud, humildad, honor y fidelidad.
Me enseñaste a perdonar incluso lo imperdonable.
A servir.
A dar.
A recibir.
A aceptar mis errores sin rendirme.

Me enseñaste que la disciplina supera al talento.
Que los sueños deben dar miedo para ser suficientemente grandes.
Y sobre todo, me enseñaste que lo más importante siempre será Dios.

Soplaste las velas de mis cumpleaños.
Curaste mis enfermedades con besos y desvelos.
Trabajaste horas enteras para que nunca me faltara comida.
Te quitaste el pan de la boca para ponerlo en la mía.

Lloraste mis dolores como si fueran tuyos.
Celebraste mis victorias más que yo mismo.
Me defendiste, me corregiste y me amaste incluso en mis peores etapas.

Aguantaste mis cambios de edad, mis errores y mis tonterías.
Y aun así, hoy me amas como si jamás hubiera fallado.

Por ti descubrí el amor verdadero.
Por ti entendí lo que significa cuidar a alguien.
Por ti soy el hombre que soy.

Ahora entiendes por qué cualquier nombre te queda corto, mamá.

Porque no todos los superhéroes usan capa.
El mío tiene arrugas, lunares y las manos más bonitas que Dios pudo crear.

Ella es mi mamá.
La mujer que con un abrazo espanta el dolor,
con un beso rompe la tristeza
y con una sonrisa le gana a la amargura.

Nada te va a faltar mientras yo siga vivo en esta tierra.

Te amo, mami.
Gracias.
Gracias por todo.

miércoles, 4 de marzo de 2026

Una forma de estar en la vida


Desde hace algunos días me encuentro de vacaciones y, al principio, descansar me provocó ansiedad. Sentía que no estaba haciendo nada. Es una sensación extraña, pero reveladora, porque evidencia hasta qué punto hemos aprendido a medir nuestro valor a través del movimiento constante. Por eso quiero hablar del descanso.

Hoy, descansar es casi un acto de revolución. Detenerse se ha convertido en un lujo en una época que glorifica el rendimiento y la velocidad. Y, sin embargo, nadie va a aplaudir tu agotamiento cuando ya no estés. Nadie va a agradecer que te hayas consumido por completo. Aun así, seguimos viviendo como si el cansancio fuera una virtud. Como humanidad, hemos confundido el movimiento con el sentido.

La verdad es incómoda, pero necesaria: vivir siempre corriendo no es vivir, es acelerar la propia destrucción. Aprender a hacer una pausa es rebelarse contra una cultura que mide el valor humano según la productividad. Quizás por eso muchas personas hoy sienten culpa al detenerse, como me ocurrió hace unos días. Lo grave es que hemos normalizado esa culpa, como si ser humano fuera un error que debe corregirse produciendo más.

Estamos atrapados en una historia que nos repite todos los días: corre, corre más, no te detengas. El otro ya te está ganando. El otro es mejor. El otro tiene más. Tú necesitas más. Pero casi nunca nos detenemos a preguntar: ¿correr hacia dónde?, ¿para qué?, ¿a qué costo?.

Lo doloroso es que muchos no se dan cuenta a tiempo y convierten esta carrera en parte de su identidad. Y cuando finalmente llega el colapso, no solo peligra la carrera profesional: se desmorona todo. Las relaciones, la pareja, la familia. Vivimos dentro de un sistema que premia a quien no descansa y mira con sospecha a quien se atreve a detenerse. Pero no parar no es heroísmo; es desperdiciar capacidades. No se trata solo de estar cansado otro lunes más.

Existen señales claras de que algo no está bien. La primera es el agotamiento físico y emocional. La segunda es la distancia y el cinismo frente a la vida, esa insensibilidad que se va instalando poco a poco. La tercera es la sensación constante de ineficacia. Esta tríada no aparece de un día para otro. Surge como respuesta a un vacío emocional profundo y a un estrés crónico mal gestionado. A partir de ciertos límites, ya no se trata solo de rendir menos: se empieza a perder el sentido.

Decirle a tu madre o a tus amigos que los quieres por mensaje está bien, pero si no tienes tiempo para decírselo frente a frente, algo no está en armonía. Cuando no hay tiempo para lo esencial, hay un desorden profundo en la vida. Por eso vale la pena preguntarse: ¿cuánto de lo que haces cada día nace de la convicción y cuánto del miedo? Miedo a quedarte atrás. Miedo a no ser suficiente. Miedo a ser reemplazable.

Muchas veces no corremos hacia nuestros sueños; corremos huyendo de nuestros fantasmas. Trabajamos buscando libertad, pero ¿qué libertad tiene alguien que vive más movido por el miedo que por la convicción? ¿Qué dignidad hay en una vida que se pasa persiguiendo una sombra? Si el miedo es el motor, el descanso, la paz y la plenitud se vuelven imposibles. El miedo nunca descansa: siempre quiere más. Convierte la cama en oficina, la cena con la pareja en una reunión y la familia en un pendiente.

El agotamiento no solo cobra vidas; también destruye vocaciones, sueños y relaciones. No somos máquinas, aunque intentemos funcionar como tales. Yo también he caído en esta trampa. Pero no estamos diseñados para servir hasta rompernos. Nuestra mejor versión no es la más productiva, ese es uno de los grandes engaños de nuestro tiempo. La mejor versión es la que vive con paz, la que sabe armonizar el logro con la vida. Y para eso, detenerse es indispensable.

No se trata de parar por falta de ambición, sino de parar por inteligencia. La productividad sostenida no se construye con más horas de trabajo, sino con más horas de sentido. No te estoy diciendo que hagas menos, sino que hagas más de lo que te gusta, más de lo que te nutre. Tiempo que no drene tu energía, sino que te la devuelva. Porque muchas de las cosas verdaderamente importantes de la vida no se conquistan: se reciben.

Gran parte de lo que hemos perdido ocurre porque vivimos deprisa, porque buscamos atajos, porque forzamos procesos y luego reclamamos resultados que ni siquiera comprendemos. Lo difícil no es llegar, sino estar a la altura de lo que se recibe. Lo que transforma de verdad nunca nace de la urgencia ni de la desesperación, sino de la preparación.

La ambición no es mala. Sin ambición no habría avances, arte ni progreso. El problema aparece cuando la ambición pierde freno y se disfraza de propósito, cuando empieza a justificar cualquier exceso. Entonces se posterga lo importante con la promesa de cuidarlo después. Pero muchas veces, cuando ese momento llega, ya no queda nada que cuidar ni nadie con quien compartirlo.

Aprender a hacer una pausa fortalece la humanidad. Nos devuelve el juego, la sorpresa, la risa genuina, la creatividad. El camino lento, aunque incómodo, enseña paciencia, templa el carácter y permite sostener el éxito cuando finalmente llega. El crecimiento gradual mantiene los pies en la tierra, fomenta la gratitud y evita la arrogancia.

Vivir bonito no es vivir rodeado de abundancia material, sino vivir con intención. Es aprender a mirar con atención lo que importa y dejar de correr detrás de lo que no tiene valor. Es detenerse sin culpa, agradecer, escuchar, estar. No todos pueden elegir sus circunstancias, eso es cierto. Pero incluso en medio de lo que no se puede cambiar, siempre existe la posibilidad de elegir cómo nos relacionamos con ello.

Regálate un día. Un día sin notificaciones, sin compararte, sin correr. Un día para caminar lento, para desayunar sin prisa, para recuperar el gozo de lo pequeño. Sueña sin pedir permiso. Piensa sin censura. Permítete sentir, reír, llorar, cantar, mirar el cielo sin grabarlo. Volver a ti también es una forma de resistencia.

Hacer una pausa no debería ser una excepción. Debería ser parte de nuestro día a día. Porque puedes conquistarlo todo, pero si al final del día no sabes detenerte, habrás fracasado en lo más básico: aprender a vivir.