Es una pequeña historia sobre mi más grande superhéroe.
Desde pequeño entendí que tú valías la pena en todas tus formas: como madre, amiga, mentora, reina y refugio. Definitivamente no podía pasar por esta vida sin haber sido educado por ti, mamá… mamita hermosa, abuelita, viejita, lady Tere.
Te he llamado de mil maneras, pero ninguna alcanza para definir lo que eres para mí. Llamarte madre te queda corto. Decirte amiga se queda pequeño. Decirte hermosa no basta. Porque mirarte, mamá, es mirar a un ángel.
Hoy quiero darte las gracias, aunque sé perfectamente que responderás:
“Jorge, esa era mi responsabilidad como madre”.
Y yo te digo que no.
Porque nadie estaba obligado a amar como tú amaste.
Gracias por cargarme nueve meses en tu vientre.
Gracias por las noches sin dormir.
Gracias por las veces que sonreíste aun estando cansada, enferma o preocupada.
Me leíste cientos de veces mi cuento favorito.
Me preparaste miles de desayunos.
Me enseñaste a amarrarme los zapatos, a limpiarme los mocos y también a levantarme después de caer.
Me enseñaste que un puño no es para golpear, sino para sostener fuerte aquello que amas.
Me enseñaste a rugir, pero también cuándo guardar silencio.
Me enseñaste que la vista no sirve sin visión.
Que el amor no es solo sentimiento, sino decisión.
Que la paz vale más que el dinero.
Que primero se ensancha el espíritu antes que la cartera.
Me enseñaste gratitud, humildad, honor y fidelidad.
Me enseñaste a perdonar incluso lo imperdonable.
A servir.
A dar.
A recibir.
A aceptar mis errores sin rendirme.
Me enseñaste que la disciplina supera al talento.
Que los sueños deben dar miedo para ser suficientemente grandes.
Y sobre todo, me enseñaste que lo más importante siempre será Dios.
Soplaste las velas de mis cumpleaños.
Curaste mis enfermedades con besos y desvelos.
Trabajaste horas enteras para que nunca me faltara comida.
Te quitaste el pan de la boca para ponerlo en la mía.
Lloraste mis dolores como si fueran tuyos.
Celebraste mis victorias más que yo mismo.
Me defendiste, me corregiste y me amaste incluso en mis peores etapas.
Aguantaste mis cambios de edad, mis errores y mis tonterías.
Y aun así, hoy me amas como si jamás hubiera fallado.
Por ti descubrí el amor verdadero.
Por ti entendí lo que significa cuidar a alguien.
Por ti soy el hombre que soy.
Ahora entiendes por qué cualquier nombre te queda corto, mamá.
Porque no todos los superhéroes usan capa.
El mío tiene arrugas, lunares y las manos más bonitas que Dios pudo crear.
Ella es mi mamá.
La mujer que con un abrazo espanta el dolor,
con un beso rompe la tristeza
y con una sonrisa le gana a la amargura.
Nada te va a faltar mientras yo siga vivo en esta tierra.
Te amo, mami.
Gracias.
Gracias por todo.